10-05-2005
La innovación es una actividad rentable que refuerza las capacidades creativas de la empresa y su reputación de cara a los clientes. Sin embargo, entraña diversos riesgos. ¿Cuáles son?
 Existe mucha confusión en el campo de la I+D+i, es decir, la Investigación y Desarrollo e Innovación Tecnológica. Realmente, el incesante goteo de noticias respecto al mismo tema está creando bastante confusión. Los millones de euros que van a ser destinados a la Innovación no acaban de ser entendidos por los directivos ni el contexto estratégico en el que estas inversiones han de ser consideradas.
El directivo de la Pyme -en muchas ocasiones- piensa que el I+D+i no va con él. Incluso destacados dirigentes empresariales realizan afirmaciones que más que incentivar a la generación de creatividad en sus empresas y, derivado de ello, acometer políticas innovadoras, confunden y desmotivan que, al final, piensan que tantos millones deben ser "para los demás", que eso de innovar no va con ellos, que eso es sólo para las grandes empresas, las que tienen medios y departamentos de I+D, personal cualificado, etc.
Nada más lejos de la realidad. El problema es que nadie se ha preocupado de explicar a los directivos que los proyectos de I+D+i han de ser rentables para las empresas, de lo contrario, no tiene ningún sentido la Innovación. Un proyecto de I+D+i no puede valorarse por parámetros distintos a los que se valora cualquier otro tipo de proyecto. Eso si, la rentabilidad de estos proyectos tiene muchos más alcances que cualquier otro tipo de proyecto.
Pero innovar es una actividad rentable por definición aunque no exenta de riesgos. El poder disponer de productos innovadores o nuevos en los mercados nacionales e internacionales o el poder producir con máquinas y equipos de alta tecnología que supongan una novedad en la empresa o sencillamente, equipos nuevos y distintos a los actuales, permitirá a la empresa una mayor capacidad de reacción ante las innovaciones de la competencia y, al mismo tiempo, reducción de diferencias frente a sus competidores. De la misma forma reforzará las capacidades creativas de su empresa, de sus trabajadores, de sus productos, de sus procesos, de su imagen. Mejorará su reputación de cara a sus clientes, proveedores, competidores y la sociedad en general, ya que ofrecer alta calidad, capacidad de innovación y un compromiso permanente, así lo aseguran. Dejaríamos en otro lugar la rentabilidad social que, a pesar de su indudable importancia, cada empresa puede valorar de distinta manera.
Además, hay tres herramientas muy importantes que pueden hacer que nuestros proyectos de I+D+i tengan un coste inferior al real. Estas herramientas son la fiscalidad de la innovación, la financiación de proyectos con préstamos a largo plazo y tipo de interés cero y las subvenciones.
Pero volviendo a la rentabilidad de los proyectos debemos remarcar que el objetivo de un proyecto de I+D+i debe coincidir con el objetivo principal de las sociedades mercantiles, es decir, la obtención de unos beneficios. Si ese objetivo no se puede alcanzar deja de tener sentido la innovación. Los directivos no deben innovar para perder dinero sino, al contrario, deben innovar para ganar dinero. Pero con una matización muy importante: innovar supone, en la mayoría de los casos, rentabilidad económica y beneficios en el corto, medio y largo plazo.
Pongamos un ejemplo. La posibilidad de que la propia empresa desarrolle un nuevo equipo para la producción de sus bienes. Si ese equipo, que pretende desarrollar la empresa, lo puede encontrar en el mercado por un coste inferior al que le representaría desarrollarlo por ella misma, la elección no ofrece dudas. Es mejor que lo compre en el país donde se venda.
Desde el punto de vista fiscal podrá practicarse deducciones sobre el total del proyecto que van desde el 15% hasta el 70% de su coste, dependiendo de si el proyecto es de Innovación Tecnológica (IT) o de Investigación y Desarrollo (I+D).
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