30-09-2004
Se viene postulando —también, claro, por los potenciales outsourcers— la externalización de la formación en grandes empresas, más allá de la que ya se practica (la contratación de acciones formativas concretas, incluso para aprendizaje on line); se postula principalmente porque se piensa en una mayor rentabilidad de la inversión, o en un deseable ahorro de costes. Sin duda, al menos al principio, la solución del outsourcing puede resultar económicamente interesante, pero cabe reflexionar sobre las expectativas de mejora del servicio (de formación) a los trabajadores y directivos, en la creencia de que esta mejora es igualmente perseguida. Si el lector me sigue, observará que, más que apostar por esta alternativa, deseo formular algunas consideraciones previas, tal vez oportunas.
Para empezar, podemos detenernos en el papel y funcionamiento de las áreas o departamentos de “Formación y Desarrollo” de grandes empresas. En efecto, muy a menudo y sin que haya unanimidad en el orden de los elementos, nos encontramos con la figura del “Director de Formación y Desarrollo”, con un importante grupo de colaboradores en torno a él, y con un no menos importante presupuesto anual. En los últimos años, por cierto, no pocas de estas áreas han orientado su empeño a la implantación del e-learning, que quizá no ha supuesto tanto ahorro de costes como se pensaba, y que tampoco ha satisfecho todavía las expectativas de eficacia en el aprendizaje. Efectivamente, creemos que ha habido buena ración de nueces y ruidos en relación con estos departamentos en los últimos años, y que siguen siendo objeto de reflexión; pero vayamos a la doble etiqueta, porque quizá no siempre le prestamos suficiente atención.
Desarrollo y Formación
En los años 90 empezó a interesarme el significado de “desarrollo” cuando este concepto acompaña al de formación, y especialmente cuando se refiere al personal directivo. Ahora considero que el desarrollo de los jóvenes profesionales presenta al menos cuatro aspectos diferentes: · Visual · Social · Profesional · Personal
Creo que los directivos más desarrollados, por decirlo de algún modo, disponen de mayor ángulo de visión y alcanzan más lejos con la mirada, tanto en el espacio como en el tiempo; también se perciben mejor, con más rigor, a sí mismos, lo que es mucho más importante de lo que pueda parecer. Un desarrollo desviado puede conducir, por ejemplo, al narcisismo, quizá como consecuencia de un éxito mal digerido. De modo que el desarrollo conduce a una mejor percepción de la realidad exterior e interior: amplitud de miras, perspectiva, buen juicio, visión de futuro, autoconocimiento, autocrítica…
En lo social, creo que las personas más desarrolladas atienden al bien colectivo y no se quedan paradas en el bien propio; incluso subordinan éste a aquél. Algo así sugieren los psicólogos del desarrollo (Kohlberg, Loevinger...), pero también vienen a decirlo los gurús del management: debe ser importante. La ganancia colectiva encuentra vientos favorables, mientras que la particular no suele durar mucho tiempo, especialmente si se gana contra la comunidad. No pueden sorprender los movimientos a favor de la ética y la integridad en la empresa, aunque no todos sean plenamente auténticos; ni puede sorprender la proclamación de valores elegidos entre los más universales, como escaparate de la cultura o estilo de la organización.
En lo profesional, los más desarrollados unen a su pericia la incorporación de nuevas (y mejores) técnicas y métodos. Si nos fijamos en los directivos, tenemos que pensar en los cambios habidos en las relaciones con los colaboradores y en las nuevas funciones exigidas, relacionadas con la innovación, el aprendizaje colectivo, la calidad de vida, etc. Los jóvenes directivos deben evitar el contagio de malas prácticas; han de avanzar asumiendo su protagonismo personal, y recuperando cierta autotelia coherente con su vocación profesional. No se trata de luchar por el poder para tenerlo, sino, en su caso, para hacer grandes cosas.
Incluyo finalmente el desarrollo personal porque sin duda afecta al desempeño en el trabajo, de manera especial en el caso de directivos. Todos estamos moralmente obligados a desarrollar adecuadamente nuestras capacidades, de modo que si cabe condenar las inteligencias perversas, también, en alguna medida, las desaprovechadas o subutilizadas. Hemos de cultivar en la juventud un propósito vital negentropizante, y quizá buscar luego una empresa cuyos valores y objetivos resulten armónicos o compatibles con los nuestros; pero el desarrollo personal, asumiendo nuevos roles o responsabilidades, llega hasta la tercera o cuarta edad y se echa de menos cuando no se ve.
José Enebral Fernández www.winred.com |